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  • El verdadero rostro de un manglar

    Por Dr. Jorge Bauzá-Ortega

    Director Científico del Programa del Estuario de la Bahía de San Juan

     

    Se trata de un árbol capaz de proteger las costas del fuerte oleaje, mantener el agua limpia, promover las pesquerías, ser fuente de medicamentos, permitir el desarrollo de arrecifes coralinos y sustentar -todo al mismo tiempo- una diversidad de aves y otras criaturas. Esto sin contar que controla inundaciones y promueve actividades recreativas y hasta científicas. Nos referimos al mangle rojo (Rhizophora mangle), un árbol único que habita entre el mundo terrestre y el acuático, en el mismo litoral puertorriqueño.

    Su nombre de mangle rojo responde a una sustancia conocida como taninos que produce en su corteza. Este compuesto protege las raíces contra la pudrición y al árbol de infecciones pues es un bactericida natural. En el pasado, dicho tanino era extraído para curar y preservar las suelas de los zapatos y redes de pesca. Al punto que para mediados de los 1800, la cáscara del mangle rojo estaba registrada como un artículo de exportación de Puerto Rico.

    Las raíces sumergidas entre la tierra y el mar del mangle rojo proveen uno de los habitáculos más importantes y curiosos conocidos en el mundo marino. Razón por la cual se le considera el vivero de los mares tropicales, ya que más del 80 por ciento de los peces que habitan en los arrecifes de coral y otros ambientes marinos profundos pasan parte de su etapa juvenil protegiéndose y alimentándose entre sus raíces. De esta forma, sustentan toda una diversidad de especies y benefician las pesquerías en los mares tropicales.

    Como si fuera poco, los manglares como ecosistema mejoran la calidad de las aguas en la costa pues estas mismas raíces actúan como trampas naturales que retienen los sedimentos. Además, estas inmovilizan contaminantes como pesticidas y nutrientes en exceso antes que lleguen al océano. Al mejorar la calidad de las aguas en la costa permiten el desarrollo de otras comunidades como los arrecifes de coral y herbazales marinos que dependen de aguas claras para subsistir.  Además de retener los sedimentos, amortiguan el fuerte oleaje y protegen la costa de la erosión ya que la energía de una ola puede ser reducida en un 75% al pasar por una franja de manglar de apenas 200 metros.

    Ahora bien, existió y existe la idea de que los manglares son criadero de mosquitos, malolientes y focos de enfermedades. De hecho, la Resolución Conjunta Número 7 del 13 de mayo del 1927 autorizaba al Gobierno de Puerto Rico a vender manglares del Pueblo de Puerto Rico para ser desecados, pues estos se consideraban “altamente perjudiciales a la salud, por ser criaderos de mosquitos y consecuentemente focos de malaria y otras enfermedades y terrenos improductivos”. Tuvieron que pasar 78 años para que se reconociera la importancia de los manglares y su protección quedara plasmada en la Ley Número 60 del 20 de agosto de 2005, que permitió la protección de los manglares y otros humedales.

    El Programa del Estuario de la Bahía de San Juan -con la colaboración de su ejemplar cuerpo de voluntarios y colaboradores- ha sembrado sobre 3,000 plántulas de mangle rojo en lugares donde el manglar fue destruido. Es hora de que devolvamos a nuestras costas su verdadero rostro, lo que les fue arrebatado, por el bien y beneficio de ella, sus criaturas y de nuestra propia existencia.

    enero 2017